Seguir una dieta equilibrada es clave para cuidar el cuerpo, pero ¿qué papel juega la alimentación en nuestra salud mental? La psiquiatría nutricional lleva años investigando esta conexión. Hablamos con dos de sus referentes: Felice Jacka, pionera en este campo y recientemente reconocida con el premio L'Oréal-UNESCO For Women in Science, y Julia Rucklidge, directora del Laboratorio de Investigación en Salud Mental y Nutrición de la Universidad de Canterbury.
Cada vez más personas aseguran adoptar una actitud activa hacia su salud. Según NielsenIQ, el 70% de los consumidores a nivel global se considera proactivo en su cuidado. Sin embargo, los problemas de salud mental siguen creciendo y una parte importante de la población mundial no alcanza las recomendaciones dietéticas básicas. Los casos de ansiedad y de depresión se han duplicado en las últimas décadas y cerca de un 40% de la población de los países con ingresos medios y bajos no sigue las recomendaciones dietéticas nacionales, de acuerdo con el estudio GBD 2023 de Institute for Health Metrics and Evaluation. Una alimentación adecuada sigue siendo una asignatura pendiente para buena parte de la ciudadanía. Y, aunque los médicos prescriben una dieta equilibrada para tratar muchas de las enfermedades más comunes, como las cardiovasculares, la obesidad o la diabetes, todavía son pocos los especialistas que conciben la nutrición como una base o un apoyo terapéutico para las afecciones mentales.
“Hemos desarrollado un sistema sanitario que a menudo se pregunta qué fármaco debe tomar alguien antes de cuestionarse si el cerebro dispone de los nutrientes necesarios para funcionar correctamente”, explica Julia Rucklidge. “Si alguien llegara con síntomas de escorbuto, no le recetaríamos un antidepresivo, sino que trataríamos la deficiencia de vitamina C. Sin embargo, en el ámbito de la salud mental, la nutrición todavía se pasa por alto con demasiada frecuencia”.
Gracias a investigadores como Felice Jacka, directora del Food & Mood Centre en la Universidad de Deakin, y a otros psiquiatras y psicólogos como la doctora Rucklidge, autora del libro The Better Brain, esta tendencia está empezando a cambiar.
La alimentación como apoyo en el tratamiento de la depresión
Jacka, una de las pioneras de la psiquiatría nutricional, publicó en 2010 su tesis doctoral, el primer artículo que establecía la vinculación entre la dieta y los trastornos depresivos y de ansiedad en una amplia muestra de mujeres. “Las que tenían una mejor calidad de dieta mostraban menos probabilidades de padecer un trastorno mental común, independientemente de sus ingresos, nivel educativo, peso corporal u otros hábitos de salud”, afirma la doctora.
Pero el verdadero punto de giro llegó en 2017 con el ensayo SMILES. Liderado por la propia Jacka, mostró que una intervención dietética podía contribuir de forma significativa a mejorar los síntomas depresivos en determinados pacientes.. Para la investigación, reclutaron a adultos con depresión mayor, de moderada a grave. “La mayoría estaba bajo algún otro tratamiento —psicoterapia, antidepresivos o ambos—, pero seguían estando muy enfermos”, añade. Los participantes fueron divididos en dos grupos: uno recibió apoyo social estructurado (befriending) y el otro asistió a sesiones con un dietista para implementar una dieta mediterránea tradicional.
Los resultados obtenidos después de 12 semanas transformaron el panorama. “Al final de la intervención, vimos que las personas que recibieron el apoyo dietético tuvieron una mejora mucho mayor en su depresión. Un tercio completo de ellos logró una remisión total de su enfermedad”, destaca Jacka. “El grado en que mejoró su depresión estaba estrechamente ligado al grado en que mejoró su dieta”. El estudio también reveló tres aspectos fundamentales: la mejora no dependía de la pérdida de peso, la dieta prescrita era más económica que la de origen, y la intervención generaba un ahorro para el sistema sanitario público.
Desde entonces, se han desarrollado distintos estudios que refuerzan la misma evidencia. “Independientemente de en qué parte del mundo nos encontremos, si nuestra dieta se parece más a una dieta tradicional —rica en alimentos de origen vegetal y alimentos reales, y baja en ultraprocesados—, nuestro riesgo de desarrollar depresión es aproximadamente un tercio menor”, destaca Jacka.
Algunas investigaciones también estudian la relación entre la alimentación materna, el neurodesarrollo infantil y determinados riesgos posteriores, entre ellos el TDAH o los trastornos del espectro autista.
La comunicación entre microbiota y cerebro
Pero ¿cómo puede influir lo que comemos en nuestra mente? Una de las claves está en el eje intestino-cerebro, la compleja red de comunicación que conecta ambos órganos. En el intestino habita, además, una enorme comunidad de microorganismos que participa en procesos relacionados con el metabolismo, el sistema inmunitario y la respuesta inflamatoria. “Hemos evolucionado con ellos; no podemos vivir sin ellos ni ellos sin nosotros”, recuerda Jacka.
La microbiota también interviene en la producción de compuestos y señales que forman parte de esa comunicación entre intestino y cerebro. “Los microbios que habitan nuestro tubo digestivo influyen en procesos como la inflamación, la función inmunológica, la respuesta al estrés, la producción de neurotransmisores e incluso en cómo respondemos emocionalmente al mundo”, explica Julia Rucklidge.
Para entenderlo, la investigadora propone pensar en la microbiota como un ecosistema: “Así como un bosque sano sostiene la vida, un microbioma sano respalda la función cerebral. Aliméntalo bien y te ayudará a regular el estado de ánimo y la resiliencia; aliméntalo mal y empezarás a ver consecuencias que van mucho más allá de la digestión”.
Una alimentación que cuida también de la mente
La buena salud de nuestro microbioma y de nuestra mente depende de una dieta equilibrada. Pero hoy pocas personas cumplen con los estándares nutricionales recomendados. En Estados Unidos y Europa, distintos estudios muestran que una parte muy reducida de la población alcanza las recomendaciones diarias de frutas y verduras.
“Una de las paradojas de la vida moderna es que podemos estar simultáneamente sobrealimentados y desnutridos”, advierte Rucklidge. Esto se debe a que los alimentos ultraprocesados, tan presentes en nuestra alimentación, “están cargados de calorías, pero desprovistos de nutrientes; los diseñaron para ser prácticos y sabrosos, no para respaldar la función cerebral”.
Estos alimentos tienen un impacto directo tanto en nuestro hipocampo como en nuestro intestino. Según explica Jacka, algunos componentes habituales de los ultraprocesados están siendo estudiados por su posible impacto en la salud; los emulsionantes dañan el revestimiento intestinal, mientras que el azúcar elevado provoca picos de glucemia e inflamación (muy vinculados a la depresión).
Así que el mensaje es claro. Para tener un microbioma intestinal sano, que juegue a favor de nuestra salud mental, debemos dejar a un lado los ultraprocesados y optar por una dieta rica en diversos alimentos vegetales. “Los alimentos que destacan como más protectores para la salud mental son exactamente los mismos que para la salud física”, aclara Jacka. “Los granos enteros (avena, cebada, centeno, maíz, polenta); los alimentos ricos en fibra, como las cebollas y los puerros. También las legumbres (garbanzos, lentejas, alubias) son maravillosas. Son ricas en proteína, saciantes, llenas de fibra y además ayudan al suelo y al planeta al fijar nitrógeno. Y si se consume carne o pescado, que no sean procesados”.
Comer también es conectar
Más allá de la dimensión nutricional, comer bien tiene un impacto social que trasciende la salud de nuestra mente. “La comida nunca es solo nutrición: también es cultura, conexión, familia, pertenencia e identidad”, reflexiona Rucklidge. “A lo largo de la historia, las comidas eran acontecimientos sociales. Hoy en día, muchas personas comen solas o frente a una pantalla. No sugiero que compartir la mesa sea la solución definitiva a la crisis de salud mental, pero sí creo que hemos subestimado el valor psicológico de comer juntos. Los seres humanos necesitan nutrientes, pero también necesitan conexión".
Para Jacka, la solución pasa por “volver a la producción local de alimentos, recuperar los huertos comunitarios y cocinar en casa”. En palabras de Julia Rucklidge, “la comida no es solo combustible: es una de las herramientas más potentes que tenemos para respaldar simultáneamente el bienestar biológico, psicológico y social".