Dormir bien, invertir mejor: el nuevo lujo de la vida moderna

Vivir en un mundo que nunca se detiene se ha convertido en un problema global y está derivando en una epidemia silenciosa. El descanso es también una forma de invertir de manera inteligente en uno mismo. Requiere de tiempo, de meditación y de actuar con responsabilidad. Lo que durante décadas se consideró un lujo hoy empieza a verse como una necesidad crítica para la salud, el equilibrio emocional y la toma de decisiones.

En BBVA en Suiza entendemos el bienestar como un equilibrio que abarca el plano físico, emocional y financiero de las personas. Con esta nueva serie, queremos inspirar hábitos y reflexiones que nos ayuden a vivir mejor. Porque cuidar de uno mismo hoy también es una forma de invertir en el mañana.

El sueño como termómetro del bienestar

María es una ejecutiva que no logra desconectar. Cada noche, a las tres y media, se despierta con el mismo pensamiento que vuelve una y otra vez. Como ella, muchas personas sufren problemas para conciliar el sueño. La mala calidad del descanso es ya un problema de salud pública en Europa y ha dejado de ser solo un efecto secundario del ritmo moderno: es una señal de alerta sobre nuestro equilibrio emocional. También en los países latinoamericanos se registra una elevada incidencia de problemas relacionados con el sueño.

Según un análisis de la ‘National Health and Wellness Survey’, entre el 6% y el 10% de la población europea sufre insomnio crónico. Desde 2020, tras la pandemia de Covid-19, los expertos consideran este fenómeno una epidemia internacional, especialmente en países occidentales. Por su parte, otro estudio de Worldwide Independent Network of Market Research (WIN) recalca que, en países latinoamericanos como Chile, México y Argentina, el impacto de la tecnología en el sueño está por encima del promedio global. 

Para entender mejor este fenómeno global, consultamos a dos especialistas en trastornos del sueño. “El insomnio es un síntoma, pero también puede considerarse una enfermedad en sí misma. Forma parte de las enfermedades actuales de nuestra civilización, es multifactorial y sus consecuencias van mucho más allá de no dormir”, nos explica Lorenzo Armenteros del Olmo, miembro del Grupo de Trabajo de Salud Mental de la Sociedad Española de Médicos Generales (SEMG) y representante de la SEMG en la Alianza por el Sueño.

Impacto emocional: el nuevo reloj biológico

Dormir mal no solo nos deja cansados al día siguiente. También cambia cómo nos sentimos, cómo reaccionamos y cómo pensamos. A mayor severidad del insomnio, peor es la puntuación, lo que confirma una relación estrecha entre calidad del sueño y estado emocional. Aparecen con frecuencia irritabilidad, más comorbilidades psiquiátricas y un aumento de síntomas de ansiedad.

Otros efectos habituales son el bajo estado de ánimo, la fatiga emocional, la sensación de falta de energía y una mayor vulnerabilidad al estrés. De los 62.319 adultos encuestados, el 21,2% declaró haber sufrido insomnio en el último año. La prevalencia media de insomnio crónico se sitúa en torno al 6%. Solo 62% de las personas en el mundo dicen dormir bien con frecuencia, según el estudio de Win. “En Europa, y particularmente en países como España, el insomnio ha dejado de ser un síntoma aislado para convertirse en una emergencia de salud pública”, nos comenta la doctora Rybel Wix, especialista en neurofisiología clínica del Grupo de Insomnio de la Sociedad Española de Sueño (SES).

“La tecnología ha borrado la frontera entre el día y la noche. La expansión de redes de alta velocidad ha normalizado la disponibilidad 24/7”
Entre las causas de la mala calidad del sueño, Wix señala la hiperconectividad y el fenómeno “Dusk-to-Dawn Digital”: “La tecnología ha borrado la frontera entre el día y la noche. La expansión de redes de alta velocidad ha normalizado la disponibilidad 24/7”. Habla de “vigilancia cognitiva”: el cerebro no baja la guardia porque la luz azul de las pantallas suprime la melatonina y el contenido (noticias, correos, redes) mantiene el sistema nervioso en estado de hiperalerta. A esto se suma otro fenómeno cada vez más común: la llamada “venganza del sueño” (Revenge Bedtime Procrastination, en inglés). Muchas personas alargan la noche frente a una pantalla para recuperar el tiempo personal que sienten que no han tenido durante el día.     

Impacto económico: la brújula para ser productivos

Cuando no dormimos bien, también cambia la forma en que tomamos decisiones económicas. Desde una inversión hasta una compra cotidiana, exige claridad mental, capacidad de análisis y una percepción equilibrada del riesgo. Y el insomnio lo deteriora. Cuando no descansamos, aumenta la impulsividad, se distorsiona la valoración del riesgo y se reduce la planificación a largo plazo. La incertidumbre económica es otro factor: “La volatilidad de los mercados y el coste de vida generan una ansiedad basal que aparece en la cama en forma de rumiación. El paciente no puede dormir porque su cerebro intenta ‘resolver’ problemas financieros cuando no puede hacer nada al respecto”, añade Wix.

Cuanto más severo es el insomnio, mayor es el impacto laboral y el uso de recursos sanitarios. La falta de sueño nos vuelve más sensibles a las posibles ganancias y menos atentos a las pérdidas, lo que lleva a asumir inversiones más arriesgadas sin medir bien las posibles consecuencias. “Un cerebro agotado busca el camino de menor resistencia: tomamos decisiones simplistas, evitamos comparar precios y caemos en compras de conveniencia más caras solo por no tener energía mental para planificar”, dice Wix.

La falta de sueño es mucho más costosa de lo que pensamos. Los trabajadores con insomnio muestran más deterioro en su rendimiento y desmotivación. Acuden más a urgencias y registran más hospitalizaciones. En términos macroeconómicos, se estima que la pérdida de productividad asociada al insomnio cuesta a las empresas más de 411.000 millones de dólares anuales en Estados Unidos, según un estudio de RAND Corporation. 

Tecnologías y soluciones para mejorar el insomnio

En paralelo, ha surgido una creciente industria del descanso, desde políticas de flexibilidad horaria, programas de educación sobre higiene del sueño, hasta una industria global del descanso que ha crecido con fuerza en los últimos años. Hoy encontramos antifaces con auriculares integrados que facilitan la relajación, almohadas sonoras que evitan usar cascos, así como mascarillas especiales que bloquean la luz y ofrecen funciones masajeantes.

La inteligencia artificial empieza también a jugar un papel relevante. Ya existen aplicaciones que analizan patrones de sueño y ofrecen recomendaciones personalizadas, así como camas inteligentes que, a partir de algoritmos, ajustan la firmeza y la temperatura del colchón según las necesidades del usuario. Hay un estudio interesante, elaborado por investigadores del Massachusetts Institute of Technology (MIT), quienes han desarrollado una tecnología capaz de monitorizar de forma inalámbrica todas las posturas que utiliza una persona cuando duerme.

Además de estas soluciones tecnológicas, existen tratamientos como la terapia cognitivo-conductual que intenta que los pacientes aprendan a cambiar la manera en que piensan para reformular los conceptos erróneos de cara a conciliar el sueño de una manera más natural. 

Dormir mejor no es un problema que resolver, sino el lujo al que deberíamos aspirar. Porque cuidar de nosotros mismos es, quizá, la decisión más inteligente que podemos tomar. La verdadera pregunta es: ¿cuándo va a empezar?